Iglesia perversa
Escribo este artículo con el humor en ebullición y sin maquillaje. No ha pasado, adrede, por el tamiz de mi tolerante esposa católica, quien favorece una prosa matizada, políticamente correcta, para evitar consecuencias sociales y lacerantes réplicas de creyentes radicales.
Yo prefiero estar en paz con mi conciencia y no con la sociedad. Soy partidario de críticas directas y transparentes. Mi ética no tolera guardar inquietudes en alcanfor. La Iglesia ha decidido excomulgar a médicos colombianos que decidieron practicar un aborto a una niña de 11 años. La menor quedó embarazada como consecuencia del abuso sexual a que su cretino padrastro la sometió durante cuatro años. El prefecto para la familia, el purpurado Alfonso López Trujillo, tildó de malhechores a los facultativos y ejecutó la sanción eclesial. En pleno siglo XXI, este proceder despierta estupor, hilaridad y vergüenza. ¡Qué paradoja! Excomulgar a los salvadores, pero el abusador, de arrepentirse, seguirá deglutiendo hostias.
Esa es la moral cristiana. Con justa razón, las cifras de apostasía a nivel mundial crecen sin parar. Poner en riesgo de muerte a una niña para salvar un embrión que aún no puede ejercer su derecho a decidir nacer o no nacer es una perversidad. Conociendo su aberrante génesis, ese engendro seguramente hubiera optado por la última opción. Pero, ¿se acuerdan ustedes de este emisario papal? Fue el que maquiavélicamente abrió poros al látex del condón para denigrar su eficacia. Vaya mafioso. Todos los alardes "pro-vida" de la Iglesia no son sino una cursilería reprochable, saturada de implícita hipocresía. Durante siglos, esa misma institución asesinó a cientos de miles de personas por el hecho de pensar distinto. Ni hablar de su alineación pasada al fascismo criminal. Ahora, reluciendo jactancias histéricas, intentan hacernos creer que tiene una preocupación auténtica que en la docena de siglos anteriores no demostró en lo más mínimo. Un hecho que los delata: todas las doctrinas creadas para justificar el homicidio y la tortura "en defensa de la fe" siguen aún vigentes; nunca han sido derogadas oficialmente. Jamás la Iglesia ha imprecado públicamente de su sanguinario pretérito; sólo tímidas manifestaciones de perdón, carentes de genuino arrepentimiento.
En América Latina se suscitan más de 4 millones de abortos al año, en su mayoría clandestinos, exentos de condiciones higiénicas básicas. Si se excomulgara a todas esas mujeres, los templos estarían desiertos. Estadísticas sanitarias indican que esta es una de las principales causas de mortalidad femenina en la región. La penalización del aborto, aunada a las campañas eclesiales contra la educación sexual, los anticonceptivos y el preservativo no evita los abortos, sino que los aumenta en número y riesgo, discriminando cómo se realizan de acuerdo a la condición social de la mujer. Mientras eso ocurre, adolescentes pudientes, hijas de madres que desgranan el rosario y veneran vírgenes celestiales, terminan sus gestaciones de forma estéril y profesional. Empecemos a llamar a las cosas por su nombre. Alguien tiene que hacerse responsable de estas fatalidades. ¿Cuántas más vamos a esperar? Ustedes las matan, señores del Episcopado. Toda la sociedad las mata por permitir tanta doble moral. Si el aborto fuera legal, seguro y gratuito, estas damas estarían vivas. Tan simple como eso. ¿Ustedes defienden la vida? No mientan más. Cada mujer que muere por un aborto secreto es una prueba del crimen que comete la cómplice sociedad. Algo que siempre me ha llamado la atención es que aunque el clero le ha insertado alma y calidad de "persona" a todo cúmulo celular incipiente, esas ánimas abortadas, natural o artificialmente, no reciben siquiera la gracia del bautismo. Quizás porque, apunto yo, estarían atiborrados de trabajo sacramental.
Increíblemente, para dirigir ministerios de sanidad hay que tener el beneplácito del obispado correspondiente. Mandatario que se atreva a desafiar este axioma, no contará con el aval de la Iglesia para legitimar conductas presidenciales ni para proferir las tercermundistas invocaciones religiosas en actos estatales. Basta ya. La salud pública de un país civilizado no se puede manejar desde un púlpito, con base en creencias religiosas particulares o ajustada a valores morales individuales. La finalidad de un jerarca sanitario es velar por el bienestar de toda la colectividad, sin distingos de sexo, credo, raza, estatus socioeconómico y valores éticos. El objetivo primordial debe ser reducir la morbilidad y mortalidad en el país. La moral se aprende en casa y se refuerza en la escuela de acuerdo a directrices familiares pero nadie es quién para aplicar su proyecto de vida al prójimo. A pesar de que las tasas panameñas de mortalidad materna, embarazos no deseados, gestaciones en adolescentes, abortos clandestinos y enfermedades de transmisión sexual son inaceptablemente elevadas, no hay una política vigorosa de anticoncepción ni propaganda contundente a favor de técnicas de sexo menos riesgoso.
El sida pretende manejarse exclusivamente desde una concepción moralista, a pesar de que esta estrategia ha fracasado rotundamente en múltiples países. En la conferencia mundial, realizada recientemente en Toronto, abundaron datos categóricos a favor de incluir el condón en todas las actividades preventivas y en los programas de educación escolar primaria y secundaria. El lema del evento fue otorgar poder a la mujer para que ella maneje su propia sexualidad, sin tapujos, imposiciones eclesiales, presiones machistas ni reprimendas espirituales. En este sentido, aunque aplaudo la invaluable labor de la Primera Dama en apoyar múltiples diligencias del sector salud con dinamismo y sensibilidad humana, repruebo su campaña de sexo sin consecuencias por limitarse a un enfoque simplista de abstinencia y fidelidad sin ofrecer alternativas educativas sobre relaciones copulativas más seguras. Pese a que formo parte de una minoría insumisa, no pierdo la esperanza de que algún día les quitaremos la careta a estos mercaderes de fe. Con tal de preservar poder e influencia social, son capaces de anclar la humanidad en épocas medievales y ejercer su machista ministerio con sermones de intimidación y moralidad acomodaticia. ¿Hasta cuándo?
El autor es médico |